
No sé si reírme o llorar o simplemente dar por terminado mi ciclo antropológico y encerrarme en un monasterio a seguir cultivando el intelecto. Digamos que, después de una batalla dialéctica entre mi yo omnisciente y mi yo concupisciente, que ganó el primero, decidí retirarme a mis aposentos e intentar otro tipo de estrategias. Ah..! ¿que todavía no sabéis de qué hablo? Lo diré en plata: decidí que la próxima vez que me desnudase para practicar el deporte rey (y no me refiero al fútbol), iba a ser con alguien que mereciese la pena, como mínimo físicamente. Y así pasé al celibato absoluto que dio lugar a una inapetencia general por entablar algún tipo de relación con el sexo contrario. Duró unos meses. Meses muy duros.
El resto de hembras de mi manada pasaban por una etapa más activa y asistir a los actos de acoso y derribo de los machos dominantes no era un ambiente muy propicio para intentar mantenerse estable y consecuente con mi yo omnisciente. Esto lo digo desde la más pu()a envidia. Intenté retrotraerme y balancear el espíritu todo lo que pude, recuperando la energía. Pero luego me dediqué a otro deporte, de menos riesgo eso sí, pero agotador igualmente: el climbing the walls.
En mi caso tener el demonio dentro significa igualar la temperatura del infierno tanto en la cabeza como en otras partes. Es decir, estoy de muy mal humor, mucho más irascible, no tengo apetito de ningún tipo y estoy cansada. Para mí el sexo es una necesidad tanto como el respirar, comer, dormir, beber... y demás actividades vitales. Si no tengo eso (y bueno) me desespero. Quizá a la gente le moleste mi franqueza o haya algunos que digan que lo que soy es un poco cuatro letras. Pero es algo que me hace sentir mejor, mucho más a gusto conmigo misma y además es gratis y bueno para la salud.
Intenté escoger bien cuál sería mi próxima pareja de dormitorio. Sería un chico que me gustase físicamente, me pudiese reír con él y pasar ratos agradables sin más (y bueno, por qué no decirlo, absolutamente convencida de una virilidad por encima de la media). Lo encontré. Hasta aquí todo bien.
Nos vimos un par de veces, fuimos a cenar...hicimos las típicas cosas que hacen los adultos. Me llamaba todos los días para saber qué hacía o cómo me había ido el día. Esas típicas cosas que echas de menos cuando no tienes una pareja. Yo no quería meterme, ni mucho menos, en esa situación. Me parecía un poco precipitado después de una semana que alguien me dijese cosas del tipo: -Yo te quiero para mí, no para enrollarme sólo contigo-. Pero tampoco le eché un jarro de agua fría, simplemente me dediqué a observar y a sonreír con ojos de gatito a sus comentarios incendiarios de “amor”. Nos entregamos a Cupido dos veces en diez días. El resto, cafés, risas, besos y conversaciones melosas por teléfono y batiendo récords de cuelgatús. Fueron diez días que me mantuvieron con ilusión. Esa ilusión que te hace sonreír por la calle o mirar el móvil cada rato. De repente dejó de llamar. Pregunté si pasaba algo y obtuve una respuesta que no me esperaba:
-Somos muy distintos, yo soy un aldeano y tú mucho más sofisticada que yo. Yo soy mucho más burro y tú más inteligente y eso nos crearía problemas. No funcionaría por mucho que me gustes y me mandarías a la mierda en cuanto me “usases” un poco-.
Sinceramente, me dejó flipada. Vale que no esperaba de él una pareja, pero tampoco le dio tiempo suficiente a nada y además ¿desde cuándo alguien del género masculino rechaza sexo con una chica que lo pone malito y que le gusta? Y esto no queda así.
Me llama para quedar, me insiste y luego no da señales de vida el día en cuestión y luego llama otra vez para pedir perdón miles de veces. Lo llamo un día y me dice que si lo que quiero de él es sólo sexo que ni de coña y que me busque a otro. Luego viene a pedirme perdón y me come el lóbulo de la oreja (por poner algo elegante). En fin, que alguien me lo explique porque creo que la polaridad de los Polos se está invirtiendo y yo no me doy cuenta, o es que el mundo al revés ya ha empezado y yo no tengo tickets.
